La vida es bella: una historia de amor y sobre el valor de la adopción

Diciembre de 2001. El país está en ebullición. Los medios de comunicación aturden con un sinfín de informaciones sobre la situación política, económica y social de la Argentina. Pero en el interior de una camioneta Traffic, que circula por el Acceso Oeste desde la provincia de Buenos Aires y en sentido a la Capital Federal, se escucha en la radio una noticia que es un oasis en el contexto de un clima árido y de angustia. La comenta el periodista Luis Majul, luego de leer una carta publicada en un diario nacional por ASDRA. Se trata de un pedido para adoptar a Javier, un niño con síndrome de Down de tres años. Y la misiva encuentra a la receptora adecuada: Graciela Verón, mamá de cinco hijos, quien en ese momento iba a su trabajo como todos los días. Así nace esta historia de amor que, como la mayoría que se dan entre madres e hijos, tiene su particularidad original. Es la historia de Graciela y Javier.

Javier y familia
Javier y parte de la familia

“Recuerdo perfectamente cuando escuché la noticia. ¡Más, porque la radio de la camioneta nunca funcionaba y ese día sí! Sentí que era para mí. Siempre quise adoptar ya que papá había sido adoptado y criado por su abuela tras la muerte de su madre, porque su padre los había abandonado”, cuenta Graciela, con la seguridad de quien sabe que las piezas de su vida están bien entrelazadas. Era un día caluroso. Bochornoso. Típico de verano. Pero con la luminosidad propia del inicio de algo importante. Por eso, sin dudarlo, Graciela fue a comprar un ejemplar del diario nacional que tenía la carta comentada por Majul y donde estaban los datos de Anidar, una asociación civil especializada en Adopción. “Llamé a Anidar, me postulé para adoptar a Javier y habían 70 familias en espera”, rememora Graciela.

Tras ese llamado, en tanto, la jornada continuó para Graciela. Hizo su trabajo, administrativo, como de costumbre. Pero el final del día, no obstante, estaba preparado en sintonía con su inicio. Al volver a su casa en Merlo, ni bien entró, se le vinieron sus cinco hijos encima y en malón. Y una de las chicas, Brenda, que por entonces tenía 14 años, le dijo con ansiedad: “¿Viste que hay un nene para adoptar?  Lo acaban de decir en la tele”. Graciela sabía que era una clara señal de que Javier se convertiría en su sexto hijo. Era el destino. Es que “la adopción, en casa, siempre era un tema recurrente y natural”, expresa Brenda, quien hoy es una mujer de 36 años, que está en pareja y con un hijo de 16.

La señal fue real. A los pocos días, Graciela fue contactada desde un Juzgado de Familia de Wilde. La idea era conocerla. Y que también, de a poco, entablara relación con Javier. Emociona su relato de ese primer encuentro entre madre e hijo: “Fui hasta el Juzgado acompañada por unos de mis chicos. Al bajar de la camioneta observé los rostros de diez niños, contra el vidrio de un hogar, donde esperaban ansiosos por una familia. Enseguida detecté a Javi. Jamás lo olvidaré”, dice Graciela, con orgullo y emoción. Este proceso de visitas, hasta que le dieron la guarda por seis meses, duró cerca de 20 días.  Y en cada jornada, para estos encuentros, Graciela, quien acababa de divorciarse, iba junto con alguno de sus hijos para alentar el vínculo entre quienes sabía que serían, pronto, hermanos.

La llegada a casa

Javier, con sus tres añitos, llegó un día a su casa. El Juzgado, tras el análisis de la trabajadora social y de la ama externa, decidió que Graciela era la candidata ideal para ser su madre. ¡Una inmensa alegría! Alegría que también invadió a los hermanos del niño, aunque, al principio, no fue fácil. “Nos peleábamos mucho”, recuerda su hermana Brenda, quien, enseguida aclara: “Pero Javi era como un koala, simpático, y te abrazaba siempre”.

Parece, según Javier, que las peleas tenían un fundamento. “Eran jodidos (por sus hermanos Natalia, Cecilia, Brenda, Nicolás y Camila)”, afirma con convicción. Y, con picardía, subraya: “Con Nico era con el que peor me llevaba”. El comentario provoca la sonrisa de su mamá, quien asegura que “nunca hubo diferencias, ya que Javi desde el principio fue uno más”. Aunque, tal como dice su hermana Camila, siempre “fue un poco buchón”. Narra, como anécdota, que cuando ella era adolescente les cantaba a sus novios con quién había estado antes que ellos.

Donde sí hubo– y hay- algunas diferencias, no obstante, es en sectores de la sociedad. No en los círculos más próximos de la familia, pero sí en algunos ámbitos. Brenda, con un ejemplo, lo expone muy bien: “Me duele mucho escuchar la palabra ‘mogólico’, pero sé que es propia de ignorantes”. Y su mamá, con tranquilidad y la experiencia de “años de batallas con las obras sociales, los profesionales y las escuelas”, como afirma, complementa: “En la sociedad hay mucha ignorancia. El miedo hace que la gente no se anime. ¡Y se pierden cosas maravillosas!”.

Pero el que no se pierde una, seguro, es Javier, quien hoy tiene 22 años. Se enorgullece de ser hincha de Boca. Practica baile y actuación. Estudia y, pronto, finalizará el colegio común. Anhela trabajar como profesor de tap y zumba y aclara, para asegurarse alumnos, que cobrará barato. También comparte tiempo con amigos y si bien está de novio con Macu, tal como expresa su madre, “es muy buscado por todas las chicas del cole en el Zoom”. Este comentario, que es acompañado por una sonrisa de su hermana Camila, le hace hinchar el pecho a Javi. Sí, así se siente: un donjuán.

“Javier es muy feliz”

“Javier es muy feliz y para mí esto es la mayor alegría. Me enseña a encontrar el sentido profundo en lo sencillo”, concluye su madre, con los ojos vidriosos. El sentimiento encuentra eco en Brenda, quien, luego de manifestar que le encantaría que Javier consiga un trabajo en el mediano plazo, hace un cierre perfecto para esta entrevista con ASDRA: “Ojalá hayan más historias como la de Graciela y Javier”.

Esta es la historia de Graciela y Javier, que tuvo inicio en un contexto difícil para el país. Así de difícil como el que transita también hoy la Argentina, más allá de las diferencias por la pandemia. Pero, siempre, con una enorme ilusión: ¡la esperanza de que hay espacios en todos los momentos de la vida para sucesos maravillosos! Porque como dice el italiano Roberto Benigni, en la célebre película que dirigió y protagonizó, a pesar de todo, “la vida es bella”.

Vea También

La vida de Blanca

Un día en la vida de Blanca, Lic. en Terapia Ocupacional con síndrome de Down de España

CLOSE
CLOSE
X