Ecos del alma de un hermano

Hay voces fuertes. Potentes. Que siempre valen la pena escuchar. Una de esas es la de Emilio Otero, de 39 años. No solo por su vozarrón -heredado de su padre Juan y de su tío Adrián (el reconocido cantante de Memphis La Blusera)-, sino, sobre todo, por la profundidad que hay en su corazón. Es uno de esos tipos que habla con sentimiento, de manera generosa, y que tras sus palabras quedan ecos del alma… Y más, cuando se refiere sobre su familia: papá Juanito y mamá Lili, que llevan 42 años de casados y acaban de renovar votos; y sus hermanos Lucía, de 36, y Leandro, de 25. “Somos muy familieros y tratamos de juntarnos todos los domingos; ahora, por la pandemia, extrañamos hacerlo”, cuenta Emilio, con el deseo del reencuentro. Y ya se imagina yendo a la casa de sus padres en el barrio porteño de Mataderos junto a su esposa, Laura, y su hija Victoria, de 15, y su pequeño Juanma, de 6 años.

Leandro y Emilio
Leandro y Emilio

También se llena de orgullo cuando habla de la llegada a la familia de Leandro, quien tiene síndrome de Down. Tiene recuerdos muy nítidos. Ocurrió en el pleno inicio de su adolescencia, cuando tenía 14 años. Hace memoria y, con aire reflexivo, expresa que “fue muy difícil porque no lo esperaba, tampoco lo entendí y mi primera reacción fue la negación”. Y, enseguida, con emoción, reconoce la importancia de sus padres: “Se pusieron en movimiento muy rápido para darle la mejor calidad de vida y lograron que, pronto, todo fuera muy natural en la convivencia”. Hace una pausa y subraya: “Mamá fue increíble e hizo todo lo que tenía que hacer desde el primer día”.

Respecto de su mamá Lili tiene una imagen muy fuerte: el día en que un médico le dijo que Lean, con un mes y medio de vida, sería ciego. Información que se agregaba a todas las cuestiones que le decían a la familia respecto de las cosas que Leandro no iba a poder hacer. “Me acuerdo de ese día y cómo mamá no aceptó eso; todo lo contrario, se empezó a mover más todavía, una verdadera luchadora”, manifiesta Emilio, con la voz vibrante. Pasan unos segundos y trae el recuerdo de la Dra. Shokida, neuro-oftalmóloga, a quien sus padres conocieron por una Mamá Escucha de ASDRA: Patricia Biront. “Ese apoyo fue muy importante, porque recibió un panorama muy distinto”. Hoy Leandro es un joven egresado del Colegio La Salle, con acreditaciones de formación laboral en cursos de la UCA y de ASDRA -con auspicio de LinkedIn-, y trabaja en el área de Recursos Humanos de una empresa farmacéutica.

Emilio admira a Leandro. “Nunca tiene miedo y lo que le cuesta lo hace igual”, confiesa. Dice que le impresiona cómo su hermano se anima a viajar solo y a realizar, a veces, combinaciones de transportes en una ciudad que muchas veces convive con cortes de calle y movilizaciones que alteran los recorridos. “Es un fanático de viajar y se manda solo por todas partes”, dice al mismo tiempo que ríe. Leandro viaja, en tiempos normales -sin pandemia-, todos los días desde Mataderos hasta Puerto Madero. Es un trayecto largo. De cerca de una hora. Se apoya, muy bien, en las aplicaciones de su celular.

 “¿Cuál es el problema?”

Mientras Emilio habla de su hermano, le llega esta pregunta… ¿Sentiste algún peso en tu adolescencia por tener un hermano con síndrome de Down? Dice que sí. Pero que lo ayudaron mucho los amigos y sus padres. Sus amigos, porque, son pocos, pero de los buenos. Puntualmente, recuerda que con la primera persona que habló de su angustia fue con una compañera del colegio que le dijo: “¿Cuál es el problema de tener un hermano con síndrome de Down?”. Esto le hizo muy bien y lo liberó. Cero drama. También sus padres fueron claves: “Con los ´años caminados´, ahora comprendo todo lo que pasó… ¿Cómo hicieron? Metieron un montón de laburo y jamás nos sentimos desplazados ni Lu ni yo… Nunca sentimos que éramos menos o que teníamos menos importancia, sino lo contrario: a veces, me pregunto ´¿Qué más puedo hacer?´ Uno de más joven es más individualista y lo quiero revertir. No sé de dónde sacaron el tiempo y la fuerza. Nos dieron todo lo que pudieron. Hicieron lo mismo con los tres. Nos dieron mucho tiempo y trabajo a cada uno, y de manera distinta”, manifiesta con el corazón lleno de emoción. Sus padres fueron y son verdaderos docentes de vida…

Ese espíritu de docencia Lean lo potenció en la familia. Emilio cuenta que, tanto es así, que su hermana Lu es psicopedagoga y que él, si bien se especializó en diseño y publicidad, es maestro en una escuela. “Recibimos la impronta de mamá y papá y de Lean… Ambos queremos influir en otros para que sean mejores personas”, dice. Y, a la par, aclara que esto lo comparte con su esposa Laura y su cuñado Sebastián, ya que también ejercen la docencia.

Antes de terminar la nota Emilio reitera su deseo de reencontrarse y darse abrazos con su abuela Herminia, sus padres, sus hermanos y sus sobrinas Rocío y Nina (éstos últimos, que tienen 3 y 7 años respectivamente, añoran el cariño del “tío Lean”). También deja, otra vez, un fuerte reconocimiento a sus padres: “Me enseñaron que las cosas buenas cuestan y dan trabajo. Lo vivo siendo papá. Es un flor de laburo. Pero, con los años, ves los resultados y comprendés que todas las entregas valen la pena”. Ecos del alma.

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